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Fernando Gómez Mont no buscó la Secretaría de Gobernación, llegó a ella a petición de su compañero de partido y carrera y amigo Felipe Calderón, con el ánimo de servir lo mejor posible al país y al Presidente; pero fue injustamente defenestrado y más sobre todo vapuleado, cual si fuera necesario para hacer efectiva la renuncia que había puesto en manos de su jefe desde que asumió el cargo.
Como también prometió que no buscaría ser candidato presidencial, ya que Bucareli ha sido tradicional trampolín de aspirantes a Los Pinos, que lo diga el más reciente, Santiago Creel Miranda que aún no digiere no haberlo sido, pues sentía que –casi por derecho divino- le correspondía ser postulado. Gómez Mont prestigió al gabinete, dio hálitos a la esperanza de que había deseos de superar los problemas de México y sería instrumento útil, por preparación, tradición y filiación panista y conocimiento del ring político, de cuyo ejercicio habíase retirado para ejercer su profesión exitosamente. Al menos una vez trascendió que recordó a su jefe que bastaba una indicación suya para que dejara el Palacio de Covián sin mayor trámite, pues sólo quería servir al país y al Presidente y no veía el cargo como hueso ni escalón para la grande. No había, pues, ninguna necesidad de la campaña de desgaste a que se le sometió y él tomó con paciencia e inteligencia para ver hasta donde llegaban, sin protestar ni patalear ni abandonar apresuradamente la responsabilidad. Sino lo hizo cuando se le indicó, con una sonrisa y acompañado por su familia, no enfurruñado y menos con la cola entre al extremidades.
Las intrigas de quienes lo vieron como contrincante para candidato presidencial del PAN carecían de sentido, pues él no ve al partido de sus amores como reducto de ambiciones desorbitadas –quizá cínicas- de saltimbanquis que del tricolor saltaron al albiazul al ganar el poder y validos de alguna amistad poderosa.
Protagonista de algo así fue Javier Lozano Alarcón, quien nadie sabe qué ha hecho en la Secretaría de Trabajo sino política barata, pues ni siquiera pugna en el Congreso por sacar adelante el proyecto de la nueva Ley del Trabajo; en cambio trae la demagogia a flor de labio, como en su larga trayectoria priísta.
Que no instrumentó bien el caso del SME fue su acusación más fuerte contra Gómez Mont, cuando él era quien debió delinear bien la estrategia para este caso de su exclusiva competencia, en que Gobernación sólo es auxiliar.
¿Y qué pasó con Napito Gómez Urrutia, que sigue burlándose del gobierno mexicano y la ley desde Canadá y está logrando lo exculpen de sus triquiñuelas, en juzgados del DF? Lozano –se recordará- saltó en un principio como gallo contra Ebrard, que con dos coscorrones lo dejó KO y sin intentar hacerse propaganda para aspirar a gobernar el DF. Por eso enfiló su ambición a Los Pinos sin importar que los panistas no lo estimen suyo, y no van a poner la Iglesia en manos de Lutero. Gómez Mont hubo de soporta estoicamente sus maquinaciones hasta que su amigo le aceptó la renuncia. No faltan quienes preguntan ¿qué pasaría si un grupo de panistas, que lo juzguen suyo, lo lanzan para candidato presidencial, pues bastaría que pidiera su readmisión al PAN, que sólo un obnubilado César Nava, declarado su enemigo, podría quizá impedir? César, por cierto, se siente triunfador con la alianza PAN-PRD, rechazada por Gómez Mont y por ello no pocos la consideran factor de la salida de Fernando, como si la defensa y expresión de la convicción partidista fuera algo imputable para él que, como penalista entiende perfectamente el término.
Que ya vaya el cuarto secretario de Gobernación revela debilidad del gobierno, que debería tener en esa dependencia un pilar de la gobernabilidad y seguridad pública, empeños en los que Gómez Mont pareció no contar con todo el respaldo adecuado. Si Salinas de Gortari tuvo cuatro titulares en Bucareli fue porque Córdova Montoya hacía las veces desde la Oficina de la Presidencia. Ocurrió lo mismo con Zedillo, pero el gobierno y el país empezaron a debilitarse, y esto no se aduce por extrañar el autoritarismo priísta, sino porque hubo serias fallas de gobernabilidad, inseguridad y coordinación de los gobernadores, que aún venimos arrastrando.
Zedillo se dejó apantallar por el mito de Marcos y su EZLN y permitió se burlara de él el CGH del Mosh y Cía, lo que devino a que la UNAM se convirtiera en un estado dentro del Estado con el rector De la Fuente.
Lo malo es que los cambios en el gabinete no son más que distractores de pleitos al interior del gobierno, cuando éste requiere fortificarse frente a una oposición priísta endurecida por sus derrotas ante la alianza PAN-PRD --que a la gobernabilidad nada ayudan-- y por sentirse en la antesala de recuperar el poder. ¿Sería muy iluso esperar que el Presidente diera prioridad, sobre la amistad con su cuates, a la lealtad que juró a México, al asumir el poder y para lo que lo elegimos?
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